I should have loved a thunderbird instead
Vivir encandilada supone encontrar a cada momento luces (fugaces) de paso constante.
Eso se opone categóricamente a mis oscilantes deseos de morir.
¿Cómo te lo explico?
Todo va en ciclos. Las tres hermanas del destino.
No dreams but fixed stars govern a life.
Pero Láquesis es en realidad una mujer bella.
Todas las mujeres bellas son seres aterradoramente inentendibles.
¿Y qué hago con todo lo que me diste? Puedo asesinar cada palabra
con un contrarresto moral
con una caricia que no te pertenece
con besos que trasueñan tus labios
y que te aclaman silenciosamente.
Imposible dejar de pensar que la vida suena mejor en lenguas foráneas.
Y que esas pequeñas cosas que cimentan tu recuerdo
poetas británicos, “historias secretas”, la inconmensurabilidad de mi más grande escritor
la vida como una enorme cárcel en la que
dar vueltas.
(Quiero que alguien detenga este atroz carrusel en el que vos y yo nos rozamos las manos
por error
o porque eso, justo eso, es lo único correcto en el mundo).
Qué hago con esas cosas, entonces, simulando que no existen a la hora
de abrir un libro, de ensayar fonéticas transoceánicas,
pensar en muertes, y brújulas, y ciudades que son otras pero que son siempre Buenos Aires.
Y Henry cortando impasiblemente las rosas de su perdición
O Ted afirmando que el color de su trágico amor era azul
y no rojo.
Escalas orientales de ebriedad y palabras en hindi que son todo lo que quisiera decirte
una y otra y otra vez.
Y yo tratando de buscar errores
desdibujando un barrio de cuchilleros en otro, de asignaturas pendientes.
Y cómo no alarmarme ante la idea de que podría ser una más en la pequeña libreta de nombres propios que minutos después son agradables recuerdos, intransigentes escenas que confundís por llevarlas en el pecho
pero no exactamente sobre el corazón.
Tren al extranjero
Paremiologicamente hablándote
もう 恐がらないでいいよ
Te escribo sin saber dónde encontrarte, cómo enunciar el alambre de tu voz;
the perfect symmetry between order and disorder.
te pregunto, si me alcanzaste en algún otro momento
o cuestiono tu identidad
para no revelar la mía
El tiempo de morir ya llegó
y yo no sé cuál es mi rol en este escenario.
Son los días de verano los que me inducen a este labrar de religiones apócrifas.
続く世界から 連れ出せた
¿No te pasa, que cada cosa te suena coherente
abrazada a un fonema intruso?
deep green mirrors no longer full of light
Si es verdad
que sos una exacta radiografía de todo lo que no quiero
entonces explicame,
¿qué magia tejiste entre nosotros?
It was so natural as to be almost frightening.
Se preguntó que destrucción cumplía allí.
Nubes como epitafios
También guadaña de palabras
Las reglas del ajedrez
Y también lo detestaba porque evadía esforzadamente la previsibilidad.
always an element of danger in uncertainty
leer hasta que se espejan los vidrios.
in a bizarre stalemate.
melismático
Tengo una imagen poética; tengo (también) todo mezclado. Llueve cuando voy a verte, llueve todas y cada una de las veces en que voy a verte. Parece que es más fácil depender del azar, pero para alguien como yo esta situación no es sino irremediablemente encantadora. Tengo la idea de vos y yo discutiendo escenarios, vos persuadiendo mi indiferencia, vos resignándote a verme entre postales de mundo, yo negándolo todo, finalmente, con una sonrisa de mujer apenas interesada. Hablabas del café irlandés y yo exigía alcohol en sangre; hiciste un rápido movimiento de manos en la noche de puro invierno y yo te besé como se hace siempre, como lo solicitan las formas, como era previsto que iban a arañar mis uñas escarlata tu largo saco oscuro, reminiscencias bélicas aparte. El porqué de las cosas no lo sé, ni cómo dilatamos tanto otro encuentro en (finalmente) cafetines inmediatos al gran teatro; en realidad fui yo quien, horas más tarde, presa del trabajo y las distracciones, te convocó en un jardín secreto en mitad de la urbe y del ruido. Vos susurraste alguna respuesta que el olvido perdona, como tantos otros errores de la gramática que, notándolos, insinuaban el afecto singular que yo y todos mis dioses maquinales de la sintaxis te profesábamos. Luego tenemos esta imagen mía, envuelta en un vestido otoñal, en luto extravagante; camino intempestivamente por esa gigante Catedral que da a la Plaza de los desaparecidos asediada de babeles y de impactos culturales; busco encontrarte en cada prisma azul que se me aparece y felicito mi elección del vestuario a cada paso, envanecida (porque yo soy así, ya lo sabés) de mi soledad, de mis cuadernos de notas, y de – oh – todas esas cosas que en nada te afectan pero a mí me parecen tan pero tan derrotistamente atractivas. Vos llamás, confundido; es que todas nuestras comunicaciones fallan. Yo me resigno a ser una princesa encantada y pretendo dormir unos 10 minutos, que devienen en horas y días, y luego las risas, los maltratos elegantes, las confidencias de sobremesa. Alguien oficia de Celestina; (pero es que no es necesario), vos me decís que porqué no podés unirte a mi cofradía de doncellas en jardines secretos y yo te recrimino el olvido, las fallas en la comunicación, los errores gramaticales. Aspiro a femme fatale corrompiéndote el libreto; ah, pero enviarse epístolas tête-à-tête – me dicen – tiene carácter de confesión espontánea. ¿De verdad?, acometo, espolvoreándome de glitter los labios. Soy advertida de tus manías inconstantes, de tu presumida frialdad, de tus abandonos, de todo lo ultra femenino de tus gestos; a mí nada me importa, me construyo inafectable por tu encumbrada anatomía. Estoy segura (pero lo desconozco) que vendrás a mí con la excusa del café y las celebraciones, de la música sin alma, de la superioridad de las lenguas o la tiranía del arte; tu sais que je t’adore, o algo así quiero decirte, pero es que no me sale, es que el temor al error irremediable apremia. (Me dijiste, además, que solías dominar la langue de mis ancestros, y eso me intimida, claro esta, porque vos sos, vos sos – ya lo dijo un triste tirano – un poquito superior). Un rato después, comenzadas las obligaciones académicas, te encuentro en papers y artículos rumanos; me asedia el momento en que entiendo que esto es pura sugestión mientras no consigo descifrar qué apuntala ese renombrado escritor con vendedores de calles y cajones para, de o con madera. Tengo esta idea de vos y yo agitados, el tap tap clap de mis tacos injustificables a la luz del repentino mediodía, vos preguntando si eran quince o cincuenta minutos de espera, yo respondiendo como si jamás ambas cantidades me hubieran resultado equivalentes. Me pregunto cómo es que no conocías esa parte de la ciudad; quiero tomarte del brazo pero nos distraen mis olvidos, las calles peatonales y esa tendencia mía a cambiar de tema sin usar conectores apropiados. Luego un paseo por cierta galería afrancesada, yo arguyendo mis amores bajo cielo rasos neoyorquinos, vos refutando con la cabeza; en un pequeño ascensor estoy pensando en cómo te explico la palabra Rayuela, en la magia del pasaje tan literario, en si alguna vez vas a besarme, o qué es lo que está pasando en el mundo dado que aún no lo hiciste. Me recuerdo eufórica: habiendo recuperado un ítem perdido me parecía ofrecerte un espacio suspendido en el piso 6 de ese palacio moderno; vos hablás de menús exóticos y formas de cocinar alternativas. Decís “me encanta”, y yo te desoigo mientras señalo el pasadizo, todo como si nada me importara, como si en efecto tu humor, tu raza, tu acento inconfundible no sugestionase absolutamente cada porción de mi modus operandi. Me siento en el mismo sitio que aquella vez con la Celestina; vos copiás mi orden, sonreís ante mis hábitos insalubres, me hablás de libertades por el mundo y de amistades peligrosas. Yo relato mis pasiones sajonas como si fueran mucho más que devenires platónicos, pero confío en que – parámetros lingüísticos de por medio – deduzcas exactamente lo que quiero. Luego el paper rumano, vos oficiando de intérprete, yo tratando por todos los medios de que veas lo genial en la propuesta de Coseriu a propósito de los compuestos que usás a diario. Tengo esta imagen, resaltada entre todas las de aquel mediodía: hay una chica (desde ya), pero nunca dijo nada, y qué mal, y qué mala fortuna esos desencuentros atizados por la cobardía, y que oh, you missed the chance, don’t let this happen to you ever again, liebling! Yo reivindico casualmente nuestra condición de amiguísimos, y brindemos por eso; chin-chin (ya no decimos “salud” en el nuevo mundo), pero al final ¿qué significaba eso de “proust”, cómo se dice? ¿Y para dónde se te ocurrirá, mañana, encaminar tus desavenidos ojitos azules? Pienso: me encantás, me encantás irremediablemente, cómo te lo digo, si seguís hablando como si nada, si lo único que sé es que me dominan tus maneras desorientadas y tu sintaxis de la pura equivocación. Quiero que me obligues a debatir hasta el cansancio cuándo tengo que corregirte, cuándo digresionar en el clima (Ich mag dich! Ich mag dich!), cuándo volver a plantearte la problemática de los compuestos o las responsabilidades histórico políticas; qué hago, decime, qué haré cuando me aprisiones así, tremendamente, cuando ya no quede otra parte de mí que esta que te escribe de manera ciega, imprudente, un poquito sentenciada, que esta que aguarda réplicas, y frialdades y todo lo que dejaste olvidado en esta tenue ciudad que nunca se pierde en el rio.
Volver a verlo es como un golpe en el pecho, como si un viento voraz colapsara mis huesos y mi carne y yo comprendiera que es exactamente ahí donde el reloj de bolsillo, destrozadas sus arterias, reinicia un tictac impertinente.
Volver a verlo es como ahogarme en un mar helado, como mil agujas quebrándome el cuerpo; es algo físico (siento que voy a gritar) y es algo irreparable (siento que voy a caer).
Volver a verlo es como moverse encadenado, es admitir que no llevo grilletes ni ataduras sino una suerte de unción extrema.
Volver a verlo es reconocer mi cadáver con vida en un cementerio de flores marchitas. Es estar a la guardia. Anhelar expectante el día en que se inviertan los términos.
Volver a verlo tiene mucho en común con la muerte, y es tan ridículamente necesario.
En verano siempre pensaba en Hokuto. Era inevitable suscitarla en la época en que todos los colores revivían y la alegría parecía no sólo estar autorizada, sino exigida. Afrontar el verano sin una sonrisa era un escándalo, o al menos, a Hokuto le hubiera parecido un escándalo, al igual que, seguramente, esa manía insistente de su hermano menor por vestir día tras día la misma ropa, violentar el ciclo circadiano u olvidar que existen otras instancias de comida además de la magra imitación de esas cenas recalentadas. En verano, sólo en honor a Hokuto, él estaba tentado a invitar a Subaru a una cita en la terraza de aquel rascacielos tan popular de Shibuya sobre el que daba el sol como una cascada dorada justo después de las 4. Se preguntaba siempre que respondería. Seishirou pensaba explicarle, cuando el joven hechicero reclamase una justificación de su parte con uno de sus ya conocidos gestos dramáticamente dolidos, que cada verano tenía la urgente necesidad de comprobar qué color tomarían sus ojos a la luz de esas grandiosas ventanas. Era verdad. Subaru se ruborizaría y la obra continuaría su curso hasta el desenlace, pero a la luz de esas ventanas, y de la muerte de Hokuto, y de todo el tiempo que había transcurrido...
En invierno, en cambio, Seishirou recordaba a su madre. Era algo natural, porque había muerto en ese mismo periodo del año. La nieve era muy blanca, y la sangre profundamente roja, y todo parecía corresponderse con un cuento de hadas: no sólo la belleza intrínseca de esa mujer ni la adorable audacia de su crimen, sino la cadena inseparable de eventos que el primer movimiento mortal de sus manos había desatado. Seishirou se preguntaba cuál sería el último. Tenía la exorbitante idea, un poco como una esperanza monstruosa, de que el otoño sería su estación final.
Desafío: Impunidad / desenfreno / perturbar
Seishirou x Subaru
Para Go.
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Para Subaru el olor predominante era el de la sangre: no era un asunto del color (él siempre había pensado que lo más inquietante al respecto era el color, ese rojo absolutamente imposible de evitar) sino del perfume a metal, a realidad, a frío y desenfreno; un perfume nada fuerte pero siempre insistente, una suerte de estigma inconfundible al que se le sumaba el sabor entremezclado de sus propias lágrimas. Esto era cierto de una manera tan literal que cuando se enfundó en aquel abrigo tan característico de él las manos no dejaron de temblarle sino hasta que rozaron las suavísimas solapas, bordearon los botones con la yema de los dedos y acariciaron la coyuntura del cuello y los hombros, ese lugar que todavía estaba húmedo y en donde se volvía tan palmaria la diferencia de tamaños entre sus espaldas.
No obstante el peso, ahora, sería el mismo.
Con lentitud, en la penumbra del enorme departamento cuya llave había encontrado en el bolsillo de su propia gabardina blanca, Subaru absorbe la realidad de a pequeños fragmentos. Cuando Seishirou dijo esas últimas palabras al filo de su oído, él supo que ya no volvería hablar. “¿Aquí es donde termina todo?”, se preguntó. Frente al espejo, ya no vacila: aquí es donde termina todo. La simetría de los acontecimientos no lo perturba. Él había nacido, en definitiva, para preservar un cierto orden y prodigar paz. Apenas si lo confundía la certeza de que no existiera otra paz que la cohabitada por la muerte.
Ya no es él mismo, pero tampoco es él. No es un hecho extraño. Hace años que Subaru encuentra a otros en su reflejo.
Este pensamiento le da una impunidad escandalosa.
Con este pensamiento sale a cazar por primera vez.
hay
una pantera que va a cazar
despedazar
un pequeño gatito.
Vasos rotos, eriales de vidrios.
Un viaje omitido
y más y más cancelaciones.
Yo sé que no es tu culpa.
Merodeás las cosas bellas, las casas recicladas.
Capítulos posmodernos de esos cuentos
que los antiguos trajeron
en barcos mutilados por la guerra.
El sol envenenado, las vocales de la espuma,
acaso - estoy segura - la siempre maldita primavera.
Habitás
mis labios, y junto a ellos
lucubrados encuentros del azar,
instituciones públicas.
Después, la resaca de la noche,
planes imprudentes bajo luces vespertinas,
decisiones
como series numéricas sobre mesas de póker.
Frecuentás
los ritos ancestrales, el necesario café al final del día
la nostalgia inmanente a mí
a este río,
a estas tristísimas canciones.
Modelos de sociedades antiguas y cerradas
o tu amor, acaso afectación, por esta ciudad impura
llena de empedrado y susurros mentirosos.
hay en esto, todavía
una ínfima porción de perfume del Norte,
cada grado en descenso de temperatura,
que es como un eco tuyo
y de los paisajes de Dover.
(es que yo quiero ser una mujer de otro mundo)
y también
el filo de tus ojos claros
cercenándome el cuello
al atravesar la puerta de un pequeño teatro.
Navajas de hielo; advertencias incontables.
Alcohol en escasas dosis;
premios consuelo
y bibelots
inservibles.
(es que yo quiero ser básicamente inolvidable)
No mucho más.
Los monstruos entonces se entrampan con el aire.
"...and how mine had killed me".
(Ted Hughes, "The Lodger")
finalmente acá hablándole
a tus labios de anís
bajo promesas de soltura
y la tan resabida libertad condicional.
ni siquiera atrapada en círculos de frío;
fonemas raspados, para mí, concurrente exclusiva.
dejame decirte
que sos muy poco de todo lo que imaginé
pero me las arreglo para encumbrarte
en los oxímorones de tus ojitos claros
y la sombra de tu porte
alemán.
Se me ocurre
destrabarte
violentarme
decir que nunca nunca te escribí absolutamente
nada.
Arriesgar una teoría:
si te quiero,
es por los bosques oscuros
todo eso que llamamos “imprevistos”
y las buenas oportunidades.
No es una ruleta rusa.
Esto es
pulir el propio puñal;
acusarte de, con mis manos,
adentrármelo en el pecho.
NYC, Viena.
.straßehändler.
y vos declamando
el secreto de tu encantamiento.
Tantísimo frío en Buenos Aires.
Ah, si nunca lo hubiera sabido.
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